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Ayuntamientos gobernados por el cabeza de la lista más votada ¿avance o retroceso? (Carmen Navarro)

Ayuntamientos gobernados por el cabeza de la lista más votada ¿avance o retroceso?

Carmen Navarro

Universidad Autónoma de Madrid

Logo Elecciones Locales 2015¿Quién no ha oído durante la campaña electoral el mantra “debe acceder al cargo de alcalde el cabeza de la lista más votada”? La idea se ha querido asociar a efectos beneficiosos para el sistema político local. En unas ocasiones se ha presentado como fórmula para superar los presuntos males de los gobiernos de coalición, como si éstos estuvieran irremediablemente abocados al fracaso, fueran menos legítimos o no respondieran a la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas. En otras se ha publicitado como elección directa del alcalde, sistema por la que han optado muchos países europeos a fin de contribuir a la regeneración democrática y/o a reforzar el liderazgo local haciéndolo más efectivo y visible. Pero, incluso planteado en estos términos, el debate está desenfocado; ni las coaliciones rebajan la calidad democrática, ni el modelo que se propone es exactamente el de un alcalde elegido directamente.

Comencemos por recordar que, en el sistema español, se convierte en alcalde (o alcaldesa) el cabeza de lista que obtiene la mayoría absoluta de votos de los concejales y, sólo cuando ningún candidato alcanza esta mayoría, es proclamado alcalde automáticamente el concejal que encabece la lista más votada en las elecciones. La propuesta de cambio consistiría en suprimir la posibilidad de que la mayoría absoluta se pueda alcanzar por un acuerdo (normalmente de coalición) entre dos o más fuerzas políticas. El mayor apoyo –absoluto o relativo- ciudadano a una lista abriría directamente la puerta a la alcaldía.

Si lo que preocupa es la proliferación de gobiernos de coalición, parece que debemos empezar a perder ese temor. Desde hace meses todo apunta a un nuevo ciclo político caracterizado por una mayor fragmentación y diversidad de fuerzas políticas con representación en parlamentos y plenos, en donde las mayorías absolutas serán en general poco comunes y los partidos se verán obligados a pactar. Las coaliciones pueden gustar más o menos, según la perspectiva y experiencia desde las que se miren, pero el descrédito al que a veces se someten no está justificado. No hay más que poner la mirada un poco más allá de nuestras fronteras para encontrar infinidad de sistemas (Holanda, Bélgica, países escandinavos) en donde estas dinámicas son la norma. Países que admiramos por la calidad de sus democracias son muchos de ellos sistemas que se han gobernado tradicionalmente con acuerdos de coalición y en los que lo habitual es trabajar en la búsqueda de consensos. Por otro lado, los que dicen que en España no estamos acostumbrados a las coaliciones están pensando únicamente en la arena política nacional y no quieren ver que, como en tantas otras cosas, los ayuntamientos han sido pioneros también en esto y un porcentaje nada desdeñable de ellos lleva décadas practicando con naturalidad las coaliciones. A veces se nos olvida, por ejemplo, que el ayuntamiento de Barcelona (y algunos más) no ha estado nunca dirigido por un gobierno de mayoría, sin que por ello se pueda poner a la ciudad como ejemplo de ingobernabilidad, inestabilidad o incapacidad para adoptar decisiones.

Por otro lado, si hacia donde se quiere transitar es a la elección directa del alcalde, la propuesta se queda a medio camino. A diferencia de la fórmula del cabeza de la lista más votada, el alcalde elegido directamente lo es en unas elecciones específicas para el cargo, separadas de las elecciones al pleno y celebradas simultáneamente (o no) a éstas. En su diseño se incluyen además otros aspectos, como la elección a doble vuelta o por mayoría, la posición en que queda el pleno en relación al ejecutivo o las relaciones entre ambas piezas de la maquinaria política local (moción de censura, etc.). Sin duda es un modelo que se ha expandido con fuerza desde los años 90 y sus promotores defienden su superioridad tanto en términos de calidad democrática como desde la perspectiva de la eficacia en la acción de gobierno, basándose en argumentos como que los alcaldes directamente elegidos rendirían mejor cuentas, tendrían más visibilidad como líderes, poseerían una legitimidad reforzada por el voto directo de los ciudadanos y podrían realizar una acción más autónoma de la política de partidos. Sus plasmaciones prácticas en Europa ofrecen variedad, desde el sistema inglés en el que el Mayor es un verdadero presidente, al alemán en donde la política local tiende a desprenderse de la influencia de los partidos políticos. El sistema italiano, por su parte, es un caso singular en el que alcalde se elige en sistema de doble vuelta en los municipios de mayor población y en una única vuelta en los más pequeños y en donde el partido ligado a la candidatura del alcalde ganador obtiene un “bonus” de escaños que le llevan a tener casi dos tercios del pleno. En definitiva, fórmulas hay donde elegir para inspirarse.

En realidad, limitada a “que gobierne el cabeza de la lista más votada” la propuesta actual supondría, más que un avance, un retroceso a la casilla de salida de la que partió el modelo actual. Se trataba de la fórmula prevista en el proyecto de LOREG de 1978 y, entonces, sólo la aprobación de una enmienda oral de última hora presentada por Solé Tura (PCE) modificó el sistema inicialmente pactado por UCD y PSOE. Entonces funcionó la sensatez del “joven profesor” ¿Qué nos deparará el futuro en esta ocasión?

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